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rolando jorge gramari: “en san Lorenzo fui muy feliz”

El “Pato del Este” integró uno de los grandes equipos de la historia: Los Matadores de San Lorenzo’68. A 40 años de ese hito, su evocación.

http://www.losandes.com.ar/notas/2008/11/26/deportes-394749.asp

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Mientras su hijo Juan Ignacio lo observa y escucha con admiración y orgullo, Rolando Jorge Gramari trajo desde el fondo de su alma una frase que es todo un sentimiento y un testimonio agradecido de los hermosos 5 años que pasó -entre 1964 y 1968- en uno de los cinco grandes del fútbol argentino: “En San Lorenzo fui muy feliz”.

Es que el recordado Pato del Este -65 años, casado con Blanca, 3 hijos: Ana Laura, María Carolina y Juan Ignacio; 3 nietos: Josefina, Julia y Angelina- hasta hace poco empleado en una empresa constructora, técnico recibido en 1992, entrenador de las inferiores Albirrojas durante la década del ’90, nacido en el departamento de Junín (9/5/43) pero formado futbolísticamente en el Atlético San Martín, vivió a pleno dos de las épocas más ricas del brillante historial sanlorencista: los Carasucias del ’64 (Doval, Arean, Veira, Casa y Telch) embrión nacido en una “estudiantina alegre de potrero”, como escribió alguna vez Osvaldo Ardizzone en la desaparecida revista Sport de esos tiempos, juego de luces, toques, gambetas y colores que había comenzado a gestarse un año antes, y los Matadores del ’68 (Buticce, Villar, Fischer, Veglio, Rendo, Cocco y Pedro González, entre otros) campeón invicto del Metropolitano de ese año, uno de los equipos más completos del profesionalismo.

La trayectoria del Pato, al que muchos en su infancia y adolescencia confundían con su hermano mellizo, Carlos Alberto, incluso en la convocatoria al servicio militar obligatorio (“me citaron a mí, pero lo hizo mi hermano, porque justo se dio mi pase a San Lorenzo, y era optativo para uno de los dos al ser mellizos”, recuerda Gramari), comenzó allá por la década del ’50 cuando en todo el país se jugaban los Torneos Infantiles Evita e integraba el equipo del Club Atlético Junín que había formado un tío, hermano de su mamá, en su departamento natal.

Evoca el Pato: “Tenía 8 o 10 años y siempre me ponían de número 9, porque era ligerito y miraba bien el arco.

“Así llegué a las inferiores de San Martín, como centro-delantero y también como volante central, hasta que en 1961 Raúl Moral me hizo debutar en la reserva como marcador de punta derecha: “Pibe, me falta un 4; juega usted”, me dijo, y ese fue para siempre mi puesto, aunque también podía marcar adentro o correrme un poco al medio campo”.

Agrega con nostalgia de sus bellos inicios: “Al año siguiente alterné en la Primera junto a Tito Scherli, Calderón y el sanjuanino Alé. Hasta que en 1963 quedé definitivamente como titular, en aquel gran equipo que le dio a San Martín el primer título de su historia, con compañeros inolvidables como Madeira o Peralta en el arco, Osvaldo Sosa, Lorca, el Negro Guzmán, Pérez Suárez, Troyano, Álvarez, Noguera, Roberto Molina, Ambroggi, Ocaña, el Turco Hardán Curi, Borelli, Grucci, Vera y Navarro, dirigidos por Bruno Rodolfi, primero, y Raúl Moral, después”.

Los Carasucias

A comienzos de 1964, San Lorenzo se presentó en Mendoza, justamente frente al Atlético San Martín, y aquel partido marcó un antes y un después para el Pato, porque tuvo que armar de urgencia el bolso e incorporarse a la delegación de los Santos por pedido de su director técnico, don José Barreiro, un hombre de muy pocas palabras pero muy buen observador, que aconsejó su compra, previo una prueba superada con éxito en la Copa Jorge Newbery -según recuerda el Pato- que el Ciclón disputó en la costa atlántica: Mar del Plata y Miramar y las sierras de Tandil.

Cuenta Gramari: “No lo podía creer, a los pocos días de aquella mini gira ya era jugador de San Lorenzo. Conmigo había viajado Benito Emilio Valencia (jugador del Deportivo Guaymallén, que luego fue a San Martín) pero no tuvo la suerte de quedar. Cuando pisé por primera vez el viejo Gasómetro me temblaban las piernas y todavía hoy recuerdo con nostalgia aquella antigua estructura de tablones y hierros, donde compartí tantas alegrías y emociones.

En San Lorenzo fui muy feliz, viví 5 años únicos e incomparables, integré aquel equipo de los Carasucias, un grupo de amigos que reían a toda hora, dentro y fuera de la cancha.

Jugaban como en el potrero, a uno, dos o tres toques, con deleite, con felicidad, con sana picardía, sin presiones. Jamás recibí un reproche, me sentí siempre apoyado y respetado por esos compañeros.

Hasta que en el ’68 tuve la satisfacción de integrar el fabuloso plantel de los Matadores, junto a otro núcleo de grandes jugadores, verdaderos fenómenos, tan románticos como aquellos, pero con mucha más madurez y experiencia para manejar los partidos, por más difíciles que fueran, como la final del Metropolitano de ese año ante un equipo tan complicado como Estudiantes de
La Plata”.

 

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